lunes, 5 de febrero de 2007

Bitácora. Del Ángel que quiso saber de Eugenia.

Que me disculpe la mesura de los cautos, que prefieren el silencio y el recato antes que el ridículo. Porque ahora, Con el cuerpo lleno, debido a que me urge el espíritu, saliéndose de adentro; procuraré resumir la maravillosa aparición que fui testigo:

Esa tarde no era diferente a otras tantas de Mayo, rodeado de árboles dormidos y su novia la brisa, les peinaba las hojas hasta la muerte. Solo la lluvia parecía un poco mas pesada, las gotas eran flechas de mercurio, lanzadas desde una tierra bastante mas alta. Yo caminaba abstraído, en ese marco, menos hostil que bello; conocí el ángel, estaba tirado a la vera de la calle Libertadores del Desierto, todo empapado, cuando él también me encontró. Y aún castigado, lo mismo que la avenida, juntó fuerzas para hablarme.

Así, de improvisto, se dignó su Alteza Celestial a dirigirme palabras aladas que doy testimonio: comenzó a narrar una belicosa leyenda de Divinidades enfadadas, todavía mas de lo que los hombres se pelean con el prójimo, así se cruzaron los ángeles, hace infinito tiempo (y todos los días). Me develó (sin preguntárselo), su identidad Infame, no me alarmé, sus palabras resonaban angustiosas tal vez extenuado, sentí piedad de los hombres, de los ángeles y de él.

Ose interrumpir: ocurre que necesitaba saber el tamaño de la falta que había incurrido, no alcanzaba mi raciocinio, desde lo mundano, para discernir el tamaño de la herejía que podía suscitar en el cielo tal afrenta. Así junte el valor propicio, e indague.

El me respondió:
.- Quería conocer el tamaño de mi corazón...

Yo en ese momento instantáneamente comprendí, lo que todavía no entiendo.

.- Usted, que es el Enamorado –dijo-, capaz me entienda o me reprenda; da lo mismo. El mal que ustedes practican es el de intolerancia, tal vez, la secuela de interpretar mal el lenguaje. Mi falta responde a otra naturaleza.
¿Qué es el amor, Enamorado?:

No le iba a alcanzar hasta el fin de los tiempos para “aprender” a enamorarse –pensé y peque de hybris-.
Le hable de Eugenia: y con luz se me alumbraron los ojos y los labios formulaban besos que sonaban como palabras. Le dije del efecto que en mí ocasiona su presencia, del rumor ligero de esos pasos puestos siempre sobre nubes o volviendo nubes el suelo con las suelas. De sus ojos limpios que me sirven de espejos donde remendarme un poco por la mañana y la impresión de su cara recién lavada de roció contento de tocar su cara.
De sus gustos sencillos amenos a los míos. Que a menudo me despiertan sorprendidos, improvisando encima de ella, el ritual más antiguo de las especies, valido de la crema y la fresa en el ápice ardiente de dos volcanes encendidos. De la leche y la miel embadurnándole desde el vientre hasta esconderse a lo hondo del ombligo

Si a la vida vinimos por accidente (sin culpa), en que yerro si decido, tomar de las rosas los capullos y despreciar del tallo áspero las espinas, si así prefiero, puesto que entre la alegría y el llanto prefiero la risa.

Acaso usted que esta formado de otra materia -le dije-, puede resultarle incomprensible: que de noche no concibo conciliar el sueño sin su arrullo tierno. Y no que ella no este hecha de carne y sangre roja le moje por dentro las arterias, igual que yo, sucede que estoy hecho de su bienestar y supongo que si desviara un segundo su atención de este mundo, el pobre desaparecería fulminado por un rayo de nada.

.- Entonces –me dijo- vos, a vuestra manera, la quieres lo mismo que yo lo quiero a El, todavía.

.- Que merito guarda la forma mas bella si la envuelve la penumbra. Y es usted tan luminiscente -respondí con otra voz-.

Luzbel no dijo nada, lo que sintió (como a los hombres) se le escapó por los ojos. Detuvo la lluvia y se fue yendo por mis ojos hasta que miramos la misma vereda húmeda...