lunes, 6 de agosto de 2007

LA RUTA DEL SOLDADO

(Donde se relata la trágica suerte de Kastor, líder de la décimo tercera hilera de las fuerzas rebeldes de Clemoria. Y su agónico peregrinar errante, tras haber sido olvidado por los pocos aliados que sobrevivieron la cruenta lid)

Que el bermejo rastro que voy marcando en esta ultima procesión, sirva de huella para el expedicionario que en los venideros tiempos, condescienda a descubrir mis despojos yertos.

Con las fosas nasales todas congestionadas me voy asfixiando con el vaho lisérgico, toda la piel percudida al humo negro, se nota, apenas, mas oscura que el viento.

Voy tranquilo entre lo familiar, porque a este soplo lo recibo como otro castigo. Sin embargo, el viento nunca cargó tanto escombro.
En toda la profunda oquedad de mi alma, no guardo rencor; ni siquiera contra aquellos que me propinaron esta llaga ardiente que escupe. Acaso debido a lo baladí del reproche solitario, o quizás, porque de un modo más íntimo lo merezco. Cuando rechace el cariño encantador que Diana de Clemoria me propuso. Ahora, aquella misma bilis que hervía pelotones de sangre por las corrientes entrecruzadas de mi juventud, se arrepiente de no haber preferido aquel destino relajado, a los brazos de mi idilio, y escarmienta derramada por la arena, cada traición que condescendió en sus mocedades.

Con los pulmones llenos ¿no sé donde guardo las piedras? ¡Cómo me pesa la carne bombardeada!
Es esta caminata mortuoria, la triste ceremonia del olvido, de los hermanos amados que no van a condescender a mí rescate. De la mujer que yo mismo abandone, y de la sangre derramada sobre un espacio huérfano de Dioses que elogien mis rituales libaciones. A la madre, que recién ahora oigo nítida, acaso porque pertenezco mejor a otro mundo y ya no a esté pesado esqueleto. La pobrecita, solo ella me pide. Es la madre del cielo. Y le esta rezando al polvo cósmico, que se llevó a su hijo, para que se lo devuelva, porque la noche no le alcanza para encontrarlo entre las estrellas. ¡Vuelve! –me ruega- vos no sos de ahí, sos de tu casa. Y yo, que ya no soy nadie, la oigo impotente.

Azora la lisonja blanda del espíritu a la perfidia profunda. Es el corazón espantado que se abalanza sobre si mismo, buscando un túnel mas hondo que el océano. ¿Dónde están las almas de los suplicios inútiles? Acaso apiladas entre los cuerpos desvencijados, que en tiempos mejores auspiciaron de domicilio caliente.

He aquí el hombre, de cara a la muerte destructora.

¡Ay, que dolor!

¿A dónde voy?
A saludar el beso de la serpiente de acero
¿A dónde voy?
A ser las veces de festín de la carroña
¿A dónde voy?
A no haber sido nunca. A aparentarme con el Minotauro y la Sirena. Voy a ser un mito o un recuerdo, da lo mismo, el espíritu de aquel que no es, tampoco es celoso ni siente rencor. Voy a formar parte del numeroso catalogo de los seres imaginarios. ¿Qué puede evitar, que aun vivo, no sienta tristeza?

¡Ay, que dolor!

¡No se donde voy!, no importa, porque el dolor justifica
el dolor como ofrenda piadosa al arrepentido
el dolor como bálsamo del error
el dolor primordial, aquel que es anterior a la idea y a la duda,
aquel que es el llanto del neonato, rendido frente a la irrefutable evidencia de la vida,
Aquel que también es, el epitafio resignado del soldado, que abrazó una causa falsa, promovida por orgullosos mandones de oficio. El mismo que defendió, aquellas fantochadas demagogias, y arrastro con él la vida palpitante de sus mas queridos. Y ahora se va a morir solo, con su impotencia, pero solo, porque la vergüenza de soportar la pupila ajena sería peor castigo que el dolor... porque la nobleza masculina del dolor justifica…

Hincho por ultima vez el pecho, digiero la ultima bocanada de aire y lo contengo. Siendo que fui valiente en el ejercicio de mi oficio, decidí morirme en la misma ley blindada, que practique entre los vivos.
Ahora todo lo que soy es un blanco gigantesco, en ofrenda al último castigo pétreo. Así con las velas al viento, imaginarme a Diana orgullosa de mi sacrificio.
Así, Mate a un hombre. La fina daga de mi acero, sacio su naturaleza criminal, bebiendo del aceite que traía contenida en el pecho. En sus ojos lacrimosos me reconocí, mejor que frente a la artificial duplicación del espejo. En esa mirada fatal, se contenía un rencor, una traición, y un perdón, que no voy a conquistar ahora siendo muerto. Mi asesino, será impune de mí crimen, su condición mineral lo absuelve. A mí no me puede consolar ni el olvido, ni la muerte, porque mi afrenta es un atentado infame. ¡Pero en verdad sentencio! ¡Nada, de cuanto puedan pensar o injuriarme el llanto desesperado de todas las viudas que fui sembrando! ¡Ni todos los manuscritos dadivosos del compendio de mandamientos que transgredí, ufanado por la cólera desencadenada de mi brazo! ¡Ni la procesión amada que me reclama lejos de mis convicciones! ¡Ni todo el oprobio del mundo conjurado! van a alcanzar para que en esta hora fatal, no reviente cada célula de mi arrastrado manto, explotando en jubilo un orgullo soberbio, por la bravura salvaje que me enfrenta por ultima vez de pie, de cara a la muerte destructora, trasponiendo toda mi humana vileza, sobre la pira de cráneos crujientes, que supe acuñar bajo mi talón maldito.

¡Oh Muerte dadivosa! Haz de mí tu pecado
Te contemplo ansioso Portentosa
Si no te mueres de miedo con mi visión
Después de arrancarme de un golpe, todas las mascaras
aún así desnudo
soy mas fiero que tu guadaña

Virgen calcárea, que me enfrentas con los ojos de lechuza
¡Oh Muerte dadivosa! Haz de mí tu pecado…

_Fragmento de la novela inédita: Sailor Teseo.